
El distraído de Manuel aparece revolcado por una ola en una playa limeña fustigada por un calor bochornoso y opresor. Viste un bikini elaborado de finos uñeros de dedo gordo de pezuña de albañil y un sombrero de copa con un conejo adentro. En una mano sostiene un milkshake de papa a la huancaina con caldo de calzoncillo hervido de pescador y en al otra una foto de su primera comunión. Yo observo calladamente disfrazado de sanguche de pollo “mientras” que Manuel le chorrea el milkshake en las axilas de unas señoritas que disfrutan de los rayos de un sol canceroso. Luego les pone unas medias viejas de su abuelo en los brazos y les pide que aplaudan como las focas de Sea World. Por cada aplauso que ejecutan estas jóvenes damas, Manuel se introduce un puñado de arena en la boca y le reza a su foto de la primera comunión pidiéndole por la producción de una cantidad desmesurada de secreción bucal para, de esa manera, poder deslizar por su garganta la arena contaminada, por puchos, tampones y pepas de melocotón. Las señoritas, muy ofuscadas, extraen de la parte de abajo de sus modernos bikinis unos pejesapos, y agarrándolos por la cola le propinan 2350 cachetadas cada una a Manuel. Manuel pierde los papeles, les abre la boca a la fuerza y les revisa las caries con un anzuelo de pescar y luego procede a hacer unas endodoncias. Luego llegan unos renos de paso del Peru jalando un banano inflable y se llevan a Manuel con una canción de fondo de Julio Iglesias. Yo me como mi disfraz, guardo mi cuaderno y continuo vendiendo dientes de oro a los bañistas afligidos por el evento que acaban de presenciar.

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